Tarzán y los Picantes de la Esquina.

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El libro escrito por E.R. Burroughs nos cuenta las desventuras de un niño, de la más alta sociedad británica, que por la muerte de sus padres queda atrapado en la selva africana y es criado por primates, siendo estos últimos , sus únicos educadores.

Y que tiene que ver esta novela con el deporte? Dos rasgos muy claros distinguimos. A pesar que Tarzán era hijo de lo más encumbrado de la sociedad culta, científica y refinada, no sabía tomar el té con vajilla de porcelana china. Y … ( seguimos insistiendo) aunque Tarzán formaba parte de esta “Alta Sociedad” pues era el heredero del Lord de Greystoke, su ámbito no era el Palacio de Buckingham ni la Abadía de Westminster , su ámbito eran las lianas, los árboles y las bestias.

La explicación es muy sencilla. Tarzán se nutrió de los ejemplos de los orangutanes: por eso supo trepar a los arboles, golpearse el pecho y saltar de liana en liana. Tarzán bajo ninguna circunstancia podría haber sido un gran músico o un refinado pintor. Esto está muy claro.

Vamos al deporte. Nos situamos dentro del cerebro de un niño de 8 o 9 años. Su padre es el capitán del equipo de futbol “los Picantes de la Esquina”. Desde hace tres años acompaña a su padre que practica deporte en un torneo amateur. Y desde hace tres años lo ha visto pelearse con sus compañeros, golpear al árbitro, insultar a los rivales, criticar despiadadamente a quienes lo cuestionan, emborracharse en el tercer tiempo, despreciar los valores del deporte, denigrar a las mujeres árbitros, repudiar las buenas costumbres de caballerosidad deportiva, ganar a cualquier costo y de cualquier modo. etc, etc, etc. Y como es él quien mejor lo hace, los macacos de sus compañeros lo designaron capitán.

Entonces viene la primera pregunta: ¿puede Tarzán ser un gran escritor? NO PUEDE. Puede este niño, hijo del capitán de los “Picantes de la Esquina”, convertirse en un difusor de los valores del deporte? NO PUEDE. Y porque no puede? Por la sencilla razón que no se puede hacer lo que nunca se aprendió.

Y entonces? Nos quedamos así? No se puede y se acabó? O actuamos?.

Si decidimos actuar, podemos tomar la segunda parte de la historia de Tarzán, donde el muchacho logra aprender inglés, francés, las buenas costumbres de la sociedad y hasta consigue casarse con Jane. ¿Es posible que nuestro niño, hijo del capitán de los Picantes, pueda aprender los valores del deporte? No solo es posible, sino necesario. Casi imprescindible.

El ejemplo de la familia Polgar viene a cobijarnos. Lazslo Polgar (un pedagogo húngaro) educó personalmente a sus tres hijas que se convirtieron en excelentes ajedrecistas. Susan y Sofia tuvieron grandes logros, pero Judit supero todos los pronósticos. Venció a todo ajedrecista top, hombre o mujer, y se convirtió en la mejor ajedrecista del mundo. Cuando le preguntaron el secreto, Lazslo Polgar respondió: “No se debe jugar con mezquindades, no se juega diciendo, si mi rival mueve así, entonces yo juego esto, y si juega aquello… yo jugaré esto. Se debe visualizar el

tablero como parte de un todo. No se puede vivir de rojo y jugar de blanco. Se juega como se vive”. Clap, clap, clap… aplausos para el pedagogo Polgar.

El niño o la niña ve en el deporte, ejemplos que serán sus valores en la vida. La ética debe vencer a la especulación, competir debe ser más esencial que ganar, el respeto debe triunfar ante el desprecio o el insulto. Participar de una jornada deportiva debe ser más importante que pelearse con tu rival. Si eso no ocurre, estimado lector, prepárese para vivir entre los mandriles, o dicho de otro modo … vivir con la ley de la selva.

Respetar a una árbitro mujer no debe ser una rareza, debe ser el común del comportamiento. Si no enseñamos a respetar a la señorita que es arbitro. ¿Cómo esperamos que nuestro hijo respete a la señorita que es maestra, inspectora de transito o vendedora de perfumes? Y si alguien trata con burla, desprecio o agresivamente a nuestra hermana, madre, hija o novia? Acaso esa árbitro no es madre de alguien, novia de alguien, hermana de alguien o hija de alguien?

Podemos aprender algo más que subir a los arboles, saltar en lianas o comer bananas. Pero lo más importante es que también podemos enseñarlo… Y el niño aprenderá, pues ningún niño nace malo o nace bueno. Y muchas veces… el niño o niña se convertirá en lo que está viendo todos los días. Si ve a un simio… se golpeará el pecho. Pero si ve un ejemplo de respeto… aprenderá a respetar.

Estimado entrenador… ponga su mejor esfuerzo cuando enseñe el valor del respeto. Los niños lo estarán mirando, siempre dispuestos a aprender.