Daniel Adolfo Sperandío A TREINTA AÑOS DEL GRAN ASCENSO

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Un intuitivo con lectura rápida que se trasladaba a pasos largos con la cabeza levantada buscando mayor panorama. De un estilo similar al de Fernando Redondo o Claudio Marangoni. Era el que todo lo hacía fácil, muy seguro defendiendo y en las transiciones quebraba las líneas con pases de técnica certera.
Daniel Sperandío, un jugador de jerarquía que resultó clave en el gran logro histórico de los albinegros. En 2003 estuvo en Resistencia cuando fue homenajeado.

En Chaco For Ever se lo rodeó con lo mejor de la zona. Sperandío fue una suerte de director técnico disfrazado de futbolista. Aquellos que lo vieron jugar y que cada domingo renuevan su pasión en el Gigante ponen la vara demasiada alta al momento de compararlo con cualquier otro que se calce su camiseta.

Alcanzó su máxima fama cuando se coronó campeón mundial juvenil en Tokio (1979) teniendo como compañero a Maradona… casi nada. Cuando llegó al Chaco su último logro trascendente era el de Campeón (1986) con el River del “Bambino” Veira – Copa Libertadores y Copa Intercontinental-. En aquel River fabuloso había sido el primer relevo de Américo Gallego.

El gringo fue un humilde de verdad, ese que transportando semejantes laureles y al decir de la tribuna, cuando el equipo perdía ninguno lo podía señalar de haber “venido a robar”. El Rosarino fachero por naturaleza dejó una imagen de buen tipo y a pesar de los años sigue vigente entre quienes vieron desplegar su fútbol en aquel For Ever ochentoso.

 

-¿Cómo transcurrían aquellos días de tu infancia en tu querido Coronel Bogado?

-Coronel Bogado es un pueblito a 50 km de Rosario y desde allí viajaba todas las tardes en tren hasta Granadero Baigorria para después tomar dos colectivos hasta Rosario Central. Mi amigo Hugo Petrella me llevó a probar cuando él ya estaba jugando en cuarta división. Con Petrella nos criamos juntos a pesar que era como dos años mayor que yo. Tuve una infancia muy feliz, viajaba siempre solo en el tren en tiempos donde no había inseguridad.

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Festejando con aquel For Ever campeón del Nacional B.

Cuando tenía 14 años lo perdí a mi viejo, que era la persona que más anhelaba verme como jugando al fútbol. Mi viejo al morir tenía 48 años y mi madre quedó viuda con 39 años. Ella jamás volvió a casarse, fue solo ama de casa y siempre nos cuidó hasta que falleció hace tres años atrás. Yo me casé cuando había cumplido 32 años con una chica diez años menor y con la que tuvimos dos varones. Hoy somos muy felices, el mayor de mis pibes (26) trabaja conmigo, el más chico (19) juega al fútbol y está haciendo los papeles para obtener la ciudadanía Italiana para seguir jugando allá.

Cuando dejé el fútbol armé una sociedad junto a Ricardo Giusti (mundialista) para colocar jugadores en los clubes. Con él fuimos y somos amigos de toda la vida, formamos una sociedad así de palabra y la seguimos sosteniendo. Con nosotros trabaja otro amigo en común y por último incorporamos a mi hijo mayor (profesor de Eucación Física). Junto a Giusti seguimos yendo todos los miércoles a jugar con los amigos en su pueblito vecino al mío y que tiene 200 habitantes. Hoy puedo seguir despuntando el vicio gracias a que no tuve lesiones jodidas.

 

-¿Qué te hizo perseverar en tus comienzos del fútbol siendo que vivías bastante lejos de donde debías formarte?

-Desde muy chico me propuse metas en la vida, y como todo chico que vivía en un pueblo quería triunfar siendo futbolista. En mi pueblo vivía “Pomelo” Ribeca (Arsenio) que jugaba en la primera de Newells; un ídolo de mi pueblo que los chicos lo podíamos ver todos los días y teníamos como referente.

Los domingos que me tocaba jugar en la quinta división me quedaba durante la siesta en el Parque Independencia esperando el partido que jugaba Ribeca en la primera. Siempre llevaba un sándwich en un bolsito para comerlo en la previa y después me la ingeniaba para entrar colado porque no tenía para la entrada. Terminaba el partido y lo esperaba a que saliera para volver juntos a mi pueblo. No conocía mayor felicidad que aquello, no te imaginas lo que era para mí, es que yo quería, algún día, ser como él.

Para llegar a ser jugador de fútbol hice mucho sacrificio, me cuidaba y no faltaba nunca a las prácticas, solamente tenía permiso para no asistir los jueves. No reniego que alguna vez también me tocó andar en zapatillas y con los dedos afuera, pero era inmensamente feliz con un padre presente y muy querido en el pueblo por haber sido un gran jugador de fútbol de la zona.

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Sperandío (segundo a la izquierda) formó parte del plantel campeón mundial juvenil en 1979 en la ex Unión Soviética, hoy Rusia.

-¿Cómo es que decidiste venir a jugar en una segunda división del fútbol argentino cuando todavía estabas en edad donde podías alcanzar el máximo rendimiento y ofertas de primera no te faltaban?.

-Después de jugar en River más de un año y medio y haber salido Campeón, Osvaldo Rivero, dueño de mi pase, me llevó a Belgrano de Córdoba en aquel año donde Mandiyú nos ganó el ascenso. Desde ahí tuve la posibilidad de ir Argentinos pero estaba Redondo, y era muy difícil jugar.

Rivero me convenció diciéndome que conocía un lugar tranquilo de esos como a mí me gustaba y donde podría jugar hasta que termine el torneo. Rivero sabía que yo no era amante del ruido, por eso eligió Chaco. Y un día me llamó “Coco” Yunes (Presidente) para convencerme que viaje a conocerlo. Me esperó en el aeropuerto y de ahí fuimos al entrenamiento donde enseguida me enganché. Fue un año donde la pasé increíble.

No creía que me adaptaría tan rápido. Es que Resistencia resultó un lugar único y si no me quedé más tiempo es porque Rivero creyó que ahí ya había cumplido un ciclo. También surgió la posibilidad de ir a Francia que me convenía desde lo económico. En un momento estuve a punto de volver a Chaco pero terminé arreglando con el Deportivo Español y después de jugar ahí fui a Rafaela donde me retiré.

 

-¿Actualmente te seguís viendo con tus compañeros de aquel entonces?

-Por las redes, a veces, charlo con Osvaldo Gómez (Tatú). Con quien me comunico seguido es con Gustavo Jones (exFor-Ever) al que conozco de cuando fuimos convocados en el Seleccionado juvenil y nos hicimos amigos por nuestro trabajo en común. Los mediocampistas del seleccionado éramos Osvaldo Rinaldi, Gustavo Jones y yo. A Gustavo luego lo desafectaron y yo jugué como titular todo el sudamericano hasta mi lesión ya estando en Japón. Otro de mis amigos del fútbol es el “Tolo Gallego”, un tipazo que siempre tuvo buenos gestos conmigo y no tengo más que agradecimiento. Cuando vivía en Buenos Aires con Patricio Hernández (ex Huracán) nos reuníamos todos los jueves en casa del “Tolo” para comer pastas.

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El gringo Sperandío hoy.

 

-Te retiraste cuando todavía estabas en un buen momento futbolístico.

-Ya tenía una escuelita, me casé y un día me dije… ¡ya está!, aunque en mi caso tuve que seguir laburando. Muy lejos habían quedado los entrenamientos con Pancho… aquel que nos formara a tantos chicos y a quien le debemos tanto. Creo que me fue bastante bien porque sigo vinculando con lo que me gusta. Sembramos bien, cosechamos bien, ésa es mi máxima. Tal vez Dios me dio más de lo que merezco y por eso siempre se lo agradezco, me dio una familia espectacular donde estoy muy contenido.

 

-Recuerdos de su estadía en Resistencia.

-Vivía con Gustavo Ferlatti en el edificio COVISA por la avenida Vélez Sarsfield. Con él íbamos a comer asados una vez a la semana en lo de una familia que vivía a la vuelta. Gustavo se había puesto de novio con la hija de ésa familia. Gustavo en ése tiempo era como un hijo, un loco que fuera de la cancha creía ver mujeres por todos lados. Al principio me costó relacionarme con los muchachos locales, tal es así que el “Loro” (Celso Freyre) y Mauricio Esquivel me miraban medio feo, hasta que me los gané. Pensaban que era un agrandado, y no sabían que yo había salido de un pueblo chico donde el rico se junta con el pobre.

Solo tengo palabras de agradecimiento para los resistencianos, como para los dirigentes y la hinchada. Chaco como River me marcaron para siempre y en los dos lugares dejé muchos amigos. La energía que alcancé en Resistencia jamás la tuve en otro lado, podría decir que más que en Central donde había jugado once años.

Hace algún tiempo fui hasta Corrientes y me crucé a Resistencia para tomar unos mates con Gustavo Jones. En un momento me vinieron ganas de darme una vuelta por la cancha y decidí ir solo, entré, miré y me quedé parado en silencio por un rato. Te confieso que se me caían las lágrimas. Solo estaban presentes unos muchachos que eran los que cuidaban y seguro que al verme parado con la mirada perdida habrán pensado: ¡éste tipo está loco!.

Un gringo solidario: cuentan sus amigos rosarinos que no solo jugando era solidario, dicen que fuera de las canchas siempre se mostró en toda su esencia, en estado puro, y que jamás dudó en ayudar a quien más lo necesitaba, como cuando Adidas le regalaba cajas con botines y él los repartía entre los más humildes de su pueblo. Se ve que ese aura que rodea a los jugadores con jerarquía los acompaña hasta fuera de las canchas.